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¿Es posible construir una vida más allá de la ansiedad?

Hay una frase que escucho con mucha frecuencia cuando alguien me cuenta cómo vive su ansiedad: «siento que no puedo controlarla». Casi siempre viene acompañada de otra, dicha con más cansancio: «sé lo que quiero hacer, pero termino haciendo otra cosa». Y entre las dos suele aparecer una explicación que parece obvia: «es que la ansiedad no me deja».

Es una forma muy cotidiana de decirlo, y tiene sentido que así se viva. Pero si la miramos con calma, esa frase pone a la ansiedad en el lugar de alguien que decide por nosotros, casi como un personaje que se interpone entre nosotros y la vida que queremos. De ahí sale la pregunta de este artículo: ¿es posible construir una vida más allá de la ansiedad? Para responderla, conviene mirar primero qué es eso que llamamos ansiedad y qué papel juega en lo que hacemos.

¿Qué es la ansiedad?

«Ansiedad» es una palabra que usamos para nombrar una experiencia. Le ponemos esa etiqueta a muchas cosas que pasan al mismo tiempo, y para comunicarnos sirve: si le digo a alguien «estoy ansioso», más o menos entiende por dónde va la cosa. Se complica cuando la usamos para explicar.

Imaginemos esta conversación. «¿Por qué no fuiste a la reunión?» «Por la ansiedad». «¿Y cómo sabes que es ansiedad?» «Porque no pude ir». La explicación da la vuelta y regresa al punto de partida: la ansiedad se deduce de no haber ido, y después se usa para explicar por qué no se fue. Con «la ansiedad no me deja» pasa lo mismo. Como palabra, describe lo que pasó; como explicación, se queda corta, y mientras la tratemos como causa, la pregunta que nos ayudaría a comprender se queda sin hacer.

Si dejamos la etiqueta a un lado y miramos lo que de verdad ocurre, aparecen cosas muy distintas. Está lo que pasa en el cuerpo: el corazón que se acelera antes de hablar en público, el nudo en el estómago el domingo por la noche, la tensión en los hombros que nadie más nota. Está lo que hacemos: aplazar la llamada, revisar el celular veinte veces, prepararnos de más para una presentación, salir de una reunión con cualquier excusa. Y está lo que nos decimos: repasar a las dos de la mañana una conversación que ya pasó, anticipar todo lo que podría salir mal, la idea de que si no tenemos todo bajo control algo malo va a pasar.

Estas tres formas no siempre van juntas. Hay personas que se ven tranquilas por fuera y llevan horas dándole vueltas a algo, y otras que sienten el cuerpo muy activado y aun así hacen lo que tenían que hacer. Dos personas que dicen «tengo ansiedad» —así, como quien tiene una cosa— pueden estar hablando de experiencias muy diferentes.

Así que, cuando alguien me lo dice en consulta, no me quedo con la palabra. Como psicólogo, trabajo desde el análisis de la conducta: ponemos la mirada en cómo nos movemos en el mundo. Comenzamos a explorar juntos su vida: qué ha venido pasando, desde cuándo y cómo empezó, en qué circunstancias aparece y en cuáles no, qué hace la persona cuando llega ese momento y qué pasa después. Muchos son detalles que nunca se había detenido a mirar. Poco a poco vamos entendiendo qué es, para esta persona en particular, eso que llama ansiedad.

¿De dónde viene la ansiedad?

Para responder esto sirve mirar dos historias a la vez: la de nuestra especie y la de cada persona. La primera es muy larga. Durante muchísimas generaciones, los organismos que reaccionaban rápido ante las señales de peligro o de cambio, con el corazón acelerado y los músculos listos para moverse, tenían más probabilidades de sobrevivir y de dejar descendencia. Esa capacidad de activarse se fue seleccionando, y nos dotó de recursos que han permitido sostener la vida. Gracias a ella llegamos a una entrevista importante con el cuerpo preparado. Sin ella nos costaría mucho más movernos en un entorno que cambia.

La segunda historia es la de cada uno, y ahí entra el aprendizaje. Lo que nos activa no viene escrito de antemano. Un tono de voz, una notificación del celular o incluso un día de la semana pueden llegar a producir esa activación porque, en la vida de cada uno, quedaron ligados a algo que dolió o que asustó. El domingo por la noche no tiene nada de amenazante en sí mismo; se vuelve así cuando, semana tras semana, ha anunciado lo que viene el lunes. Es la misma forma de aprender que hace que a alguien se le haga agua la boca cuando oye el aceite chisporroteando en la cocina: nadie se lo enseñó con palabras, simplemente quedó unido en la experiencia.

El mismo proceso tiene un precio. Lo aprendido tiende a extenderse a situaciones parecidas y a mantenerse aunque el contexto haya cambiado: la activación que tuvo sentido en una época difícil puede seguir apareciendo años después, en una oficina tranquila o en una relación que ya es otra. Cuenta también lo que vimos hacer a otros cuando algo les daba miedo. De ahí que dos personas ante la misma situación respondan de maneras tan distintas, y tiene sentido que así sea. Cada uno tiene una historia única, y mirarla deja ver de dónde viene lo que hoy sentimos y hacemos.

¿Qué mantiene la ansiedad?

Lo que mantiene la ansiedad es multifactorial: depende menos de las cosas en sí mismas —una situación, una sensación, un pensamiento— que de cómo nos relacionamos con ellas y de lo que hacemos cuando aparecen. Ese proceso se puede identificar y nombrar, y es justamente la pregunta que nos hacemos en terapia: qué mantiene la ansiedad en esta persona. Veamos cómo funciona.

Lo que sentimos se aprende, sobre todo, por asociación. Lo que hacemos con eso se aprende de otra manera: por lo que pasa después. Es la lógica de la evolución a la escala de una vida: así como una especie conserva lo que le ayudó a sobrevivir, una persona tiende a repetir lo que le funcionó. Y pocas cosas funcionan tan rápido como lo que nos saca del malestar.

Evitar, aplazar, controlar o prepararse de más traen un alivio casi inmediato, y ese alivio basta para que se repitan. Pasa algo parecido con rascarse una picadura de zancudo: alivia en el acto, por eso lo repetimos, y la piel termina más irritada. Con lo que llamamos ansiedad, el costo también llega después: si nunca nos quedamos en la situación, o la atravesamos siempre con alguna protección puesta, esa situación no tiene oportunidad de dejar de funcionar como amenaza. La próxima vez, la activación aparece igual.

El ciclo que sostiene la ansiedad Cuatro pasos en círculo: la activación aparece; evitar, aplazar, controlar o prepararse de más; llega un alivio casi inmediato; la situación sigue funcionando como amenaza y la activación vuelve a aparecer. Aparece la activacióncuerpo, acciones y pensamientos Evitar, aplazar, controlaro prepararse de más Alivio casi inmediatopor eso se repite La situación siguefuncionando como amenaza
El alivio de hoy es lo que mantiene el ciclo en marcha.

Pensemos en algunos escenarios (son inventados, aunque seguramente a muchos les suenen). Alguien acaba de salir de una relación y en la noche, con el pecho apretado y la casa en silencio, termina llamando a su ex, aunque sabe que al día siguiente se va a sentir peor.

Otra persona sostiene una carga de trabajo con la que ya no puede, porque decir que no le genera más angustia que agotarse.

Otra más repasa una y otra vez lo que le está pasando, buscando entenderlo del todo antes de moverse, y no llega a ninguna respuesta. Su regla es algo como «primero tengo que entenderlo y que se me quite, y después sí hago algo».

En los tres casos lo que se hace tiene sentido en el momento. A la larga deja más cansancio y cada vez menos espacio para lo que importa.

Y ninguno de los tres ocurre en el vacío. A veces decir que no tiene un costo real: un empleo que se necesita, un ingreso del que dependen otros. Lo que hacemos ocurre siempre en un contexto, social, cultural y económico, y sin mirarlo no alcanzamos a comprenderlo.

Los vínculos tampoco quedan por fuera. A veces se descuidan en el repliegue, y otras veces las personas cercanas terminan haciendo parte del patrón: la pareja que hace la llamada difícil por nosotros, la familia que deja de invitar para no incomodar. Lo hacen desde el cariño, y aun así el patrón se sostiene un poco más.

¿Es posible una vida más allá de la ansiedad?

Una vida valiosa es aquella en la que podemos elegir cómo actuar, incluso en medio de situaciones difíciles, en coherencia con lo que nos importa: nuestros vínculos, nuestro trabajo, nuestro cuidado. Incluye el malestar, y no es una meta que se alcanza un día y se archiva. Podemos comprenderla como una dirección, y se nota sobre todo en los momentos incómodos, cuando seguir cuidando lo importante cuesta más.

Hay una pista en todo lo anterior: casi nadie se angustia por algo que le da igual. Muchas veces, lo que nos activa está ligado a algo que nos importa, como una relación que no queremos perder o un trabajo que queremos hacer bien. Mirarlo así amplía la pregunta: además de cómo hacer para que esto se vaya, podemos preguntarnos qué hacer, con esto presente, que nos acerque a lo que nos importa. A veces la respuesta es no hacer nada para que la activación baje: notar el corazón acelerado y, aun así, mandar el mensaje que estaba pendiente, o quedarnos en la reunión cinco minutos más de lo que nos habríamos quedado antes.

Volviendo a la pregunta del principio: ¿es posible construir una vida más allá de la ansiedad? Mi respuesta es que sí, y que empieza por comprender. La ansiedad es el nombre que le damos a unas respuestas que la historia de la especie y la de cada uno hicieron posibles, y que muchas veces todavía nos sirven. Comprender cómo se armaron, qué las mantiene hoy y en qué contexto ocurren nos permite saber qué hacer con ellas.

Si quieres practicar esa mirada con más calma, la guía gratuita «Primeros pasos en el Mapa de tu ansiedad» te acompaña en el primer recorrido.

Y si estás atravesando una situación difícil y quieres conversarla, escríbeme. Con gusto te oriento.

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Alejandro

Este texto es divulgativo y no reemplaza una valoración profesional.

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«Primeros pasos en el Mapa de tu ansiedad» es una guía para trazar tu primera ruta: ver con claridad cómo se manifiesta tu ansiedad, con su encendido, tu respuesta, el alivio y el costo.